Más sobre mí

Más sobre mí 2018-02-15T23:52:08+00:00

Empecé a viajar literalmente cuando nací, en 1994. Evidentemente, no desde el principio cargando una mochila y saltando de tuk-tuk en tuk-tuk. Antes pasé por diversas etapas y he viajado de distintas formas, que hicieron que ya en la temprana adolescencia se me metiera entre ceja y ceja que quería dar la vuelta al mundo. Unos años después, justo habiendo acabado ingeniería industrial, aquí estoy, cumpliendo mi sueño de viajar durante meses con una mochila en la espalda alrededor del globo.

Mis inicios viajeros

Lo de viajar me viene directamente heredado de mis padres. Ellos ya eran viajeros antes de que yo naciera. Con mi hermano y conmigo, fueron adaptando los viajes de forma que resultaran interesantes para nosotros a medida que íbamos creciendo y lo que nos atraía iba cambiando con el tiempo. Cualquier ocasión era buena para irse a explorar el mundo: las vacaciones en verano, por Navidad, por Semana Santa, un puente largo…

De muy pequeños (yo solamente lo recuerdo en imágenes borrosas) teníamos un comanche. Es un punto medio entre acampar en tienda de campaña e ir en caravana. Es un remolque que cuando se despliega no deja de ser una tienda de campaña grande y cómoda. Con él hicimos algunos viajes por el sur de Francia y el norte de Italia.

Después vino una caravana, de la que sí tengo muchos recuerdos de infancia. En ella fuimos creciendo a medida que se nos iba haciendo pequeña para viajar los 4 con cierta comodidad. Además, “agotamos” los destinos a los que era asumible viajar en coche y caravana, porque en el máximo de 3 semanas que eran las vacaciones que tenían mis padres en verano no podíamos hacer viajes de más de un cierto radio desde Barcelona sin hacer tiradas de miles de kilómetros que habrían resultado insufribles. En caravana viajamos por casi toda Europa occidental. Lo más lejos que fuimos fue a los Países Bajos y Bélgica. La vida de cámping sin duda sentó los cimientos para la última etapa, la de mochileros: Hay muchos paralelismos entre los recuerdos que tengo de la vida de cámping y lo que vivo ahora en hostales modo backpacker.

Cuando la caravana ya no dio para más, empezamos a viajar un poco más lejos, todavía por Europa, pero ahora volando hasta el destino y normalmente ahí alquilando un coche para desplazarnos. Hacíamos base en 3 o 4 lugares desde los que recorríamos el alrededor, como hacíamos cuando íbamos de cámping. Así hicimos Croacia, las Repúblicas Bálticas y Grecia. El último viaje por Europa fue un punto de inflexión a partir del cual nos lanzamos al puro backpacking, o, dicho de otra forma, a Viajar con Mochila. Fue en Irlanda. Íbamos con mochilas, aunque no fue un viaje “mochilero”, porque en vez de en la espalda iban cómodamente en el maletero del coche que habíamos alquilado. Lo que cambiaba respecto los últimos viajes era que en lugar de estarnos en 3 o 4 alojamientos reservados desde Barcelona, íbamos haciendo ruta improvisando cada día y alojándonos donde íbamos encontrando sobre la marcha. Después de eso nada volvió a ser lo mismo.

Acabando ese viaje recuerdo una conversación en que les planteé a mis padres el hecho de que, salvo una vez que estuvimos en Marrakech, nunca habíamos viajado fuera de el “mundo occidental”, y tenía ganas de probar cosas nuevas. Quería dar un paso más. Viajar a lugares con distintas culturas, idiomas, colores de piel; fuera de nuestra zona de confort. No es que no me gustaran los viajes por Europa, pero me apetecía dejar de visitar iglesias y catedrales para ver mezquitas, templos budistas, hindúes o sikh, dejar los castillos medievales para visitar kasbahs, medinas y fuertes, y dejar a un lado la sociedad europea u occidental para descubrir otras formas de ver la vida.

A partir de empezamos a ir a países más alejados del nuestro, tanto geográficamente como culturalmente, siendo seguramente el punto culminante la Índia, en 2015. Como el desplazamiento en avión hasta estos nuevos destinos, inevitablemente, era mucho más caro, para compensar el gasto nos lanzamos sin retorno al mochilerismo, a dormir en hostales baratos, desplazarnos en transportes locales y comer en restaurantes económicos o cocinar en los hostales. Así viajamos por Túnez, Tailandia, Índia y Myanmar, y descubrí (o me acabé de convencer) que este estilo de viaje no sólo era un recurso para reducir los gastos del viaje si no que me aportaba una serie de cosas y me permitía conocer el lugar a un nivel que de otra forma no es posible.

Pero… ¿Qué significa viajar con mochila?

Incluso dentro del viajar con mochila se puede viajar de mil formas distintas, con más o menos lujos y con unas u otras prioridades. Aun así, cuando la gente habla de viajar con mochila o de los “mochileros” normalmente se refiere a algo más que a llevar una mochila en la espalda. Es una especie de filosofía de viaje. Entonces, ¿cómo viajo yo?

Los 3 puntos más importantes que marcan la diferencia entre un viaje y otro al mismo destino son dónde se duerme, dónde y qué se come, y el transporte que se utiliza para desplazarse por el lugar. A la hora de encontrar alojamiento, tengo pocas manías para dormir en hostales cutres y por una noche me puedo meter en cualquier pocilga, aunque si duermo en sitios muy sencillos o en habitaciones compartidas durante unos días, me gusta darme un respiro de vez en cuando y buscar un lugar que, sin ser innecesariamente caro, ofrezca más comodidades, un lavabo privado con agua caliente, y una buena cama para descansar bien. Normalmente los precios en los países menos desarrollados permiten un pequeño lujo así de vez en cuando sin disparar el presupuesto del viaje.

Con la comida tengo 2 ventajas importantes y un inconveniente. Las ventajas son, primero, que no sólo me gusta prácticamente todo sino que me encanta probar las gastronomías locales allá donde voy, que normalmente sale mucho más barato que la comida “internacional”, y segundo, que tolero bastante bien el picante, lo que me permite comer sin sufrir casi todos los platos típicos de todo el mundo. El inconveniente es que, viniendo de un país mediterráneo, estoy acostumbrado a la gastronomía con la mayor variedad del mundo, y cualquier otra cocina me parece mucho más monótona. Así pues, como todo lo local, típico y barato que puedo, y cuando llevo días sin probar otra cosa que pad thai y curry en Tailandia, o kebab y falafel en Turquía, me permito una pequeña inversión en un restaurante donde sirvan comida “internacional”, es decir, un plato de pasta, una pizza o una hamburguesa. Por último, con el transporte es quizás con lo que menos licencias me permito. Casi siempre escojo unas horas más de viaje o un medio más incómodo si me supone una diferencia importante en el precio. Además, me parece siempre interesante observar e interactuar con los locales, que normalmente se desplazan de la forma más económica posible.

Así pues, dentro del viajar con mochila no tengo demasiadas manías en escoger opciones económicas de alojamiento, comida o transporte para ahorrar unos euros, que me pueden permitir alargar el viaje unos días más o poder comprar billetes de avión para ir más lejos. Sin embargo, viajo por placer, nadie me obliga ni me paga por ello, así que tampoco tengo reparo en hacer un pequeño gasto de más esporádicamente para dormir o comer como un rey.

La vuelta al mundo

No hay mucho romanticismo en como decidí dar la vuelta al mundo. Esta no es la historia del ejecutivo estresado que lo manda todo al garete para irse a trotar por el mundo, ni la del chico que sufre un episodio traumático que le hace replantearse su vida y decide que quiere invertir su tiempo en viajar y ser feliz. Empecé a decir que quería dar la vuelta al mundo tan pequeño que ni lo recuerdo. Durante muchos años, eso sí, mi sueño era hacerlo en barco. Con el tiempo lo fui viendo cada vez menos viable, entre otras cosas, porque para dar la vuelta al mundo en barco, resulta que necesitas un barco, y no tengo uno, ni dinero para comprarlo. Así que sencillamente adapté el sueño a la realidad: quería dar la vuelta al mundo.

A medida que iba creciendo y viajando me iba convenciendo más y más. La idea no era tanto hacer la vuelta al mundo literalmente, sino hacer un viaje largo. No sé cuánto exactamente, pero lo suficiente para que no fuera un viaje de vacaciones, donde quieras o no siempre vas un poco a toque de silbato, porque llevas meses buscando información y leyendo la guía del país que has escogido, y no quieres perderte nada en el tiempo que tienes, que difícilmente será más de un mes. Quería viajar suficiente tiempo como para que se me acabara el plan, para que llegara un día que irremediablemente tuviera que escoger un rumbo sin saber mucho lo que me depararía, para poder alargar la estancia en un lugar que me gustara tanto como quisiera, para que me fuera imposible llevar todos los visados listos, las guías leídas y los blogs sobre el lugar estudiados. El plan, era no tener plan.

Tenía 18 años y me faltaban 2 cosas: dinero y el momento adecuado para hacerlo. Tampoco en eso hay una historia digna de novela. Para el dinero no hubo mucho secreto. Leí sobre gente que había hecho cosas parecidas y hablé con toda la gente que pude. Esto combinado con mi experiencia en viajes me permitió hacer un presupuesto aproximado. El margen de error era altísimo; es lo que pasa cuando el plan es no tener plan… Así que le sumé una buena cantidad para asegurar el tiro y me fijé la cifra resultante como objetivo para ahorrar. Por otro lado, el momento más práctico para hacerlo era algún momento de cambio de etapa, para que no interfiriera en la que se acababa ni en la que empezaba. El siguiente momento así que tenía que venir era al acabar la carrera. Tendría 21 o 22 años y sería el momento de o bien empezar a trabajar o bien empezar un máster, 2 cosas que podían esperar un tiempo sin que me supusiera ningún sacrificio. Tenía 4 años para ahorrar lo que me había propuesto. No era una cifra que se consiga en un día, pero no era algo desorbitado. Era similar a lo que cuesta un coche bastante barato, o una moto bastante cara, así que era como si tuviera que pagar un coche en 4 años. Busqué un trabajo que me proporcionara un nivel de ingresos como para tener mis pequeños gastos (viviendo mantenido por mis padres, es cierto) y poder ahorrar para mi sueño, y así empecé a dar clases en una academia para estudiantes de ingeniería de cursos inferiores.

Estuve trabajando y estudiando toda la carrera y cuando llegó el momento llevaba tanto tiempo dándole vueltas y todo mi entorno lo daba tan por hecho que el camino que tenía que tomar parecía escrito, paradójicamente, porque la idea era precisamente apartarme del “camino escrito”: escuela, universidad, máster, trabajo. Así pues, me lancé a la aventura y cumplí mi sueño. Fue entonces cuando nació viajarconmochila.com, con la idea de tener un sitio donde compartir esta aventura, escribir sobre este viaje, sobre otros que hice en el pasado y sobre los que haré en el futuro y, quizás, inspirar a alguien que necesite un empujoncito para lanzarse a explorar el mundo.

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